Estocolmo natural

 
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Estocolmo natural

Por Anna Codorníu

El lugar era…indescriptible. A apenas 15 minutos en bus desde el centro de la ciudad, extensiones de bosque, de naturaleza en estado puro, que se perdían en el horizonte. Estábamos a principios de diciembre y la paleta de colores iba del amarillo pálido y desgastado al ocre más brillante y esplendoroso, pasando por una gama entera de naranjas, rojos y marrones.

El conductor del autobús, un hombre grande, alto, robusto (como la mayoría de los hombres de la ciudad), nos indicó amablemente que esa era nuestra parada. Bajamos en lo que parecía el medio de la nada y empezamos a andar, abrigados bajo capas y capas de ropa. El frío y la majestuosidad de la naturaleza que nos rodeaban invitaban al silencio. Anduvimos 5 minutos y vimos una indicación: “Rosendals Tradgard”. Siguiendo los carteles seguimos caminando menos de 10 minutos hasta que  vimos el arco de la entrada con un cartel de bienvenida. Marta me había recomendado mucho ese lugar, me había dicho “te encantará seguro”. Había visto fotos suyas de algunas de sus visitas y tenía muchísimas ganas de visitarlo.

Al cruzar el arco de la entrada vimos a nuestra izquierda lo que en primavera probablemente era un jardín precioso de rosas. Pasamos por varios pequeños huertos, con rótulos de madera indicando qué hortaliza o planta aromática había plantadas. Un fuego crepitaba alegremente al aire libre, empañando el ambiente de ese olor a madera y montaña, un olor que yo asocio a los pequeños placeres, al descanso, al bienestar. Y al fondo, ahí estaban, los invernaderos.

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Cinco invernaderos en fila, uno al lado del otro. Dos de ellos eran una tienda de plantas, flores, macetas y jarrones bonitos que, por ser Navidad, se habían adornado para la ocasión y ofrecían también objetos de decoración, todos ellos artesanales. Los otros 3 acogían el café/cantina para comer, y mesas, sillas y bancos para sentarse a disfrutar de la comida o de un café caliente, mezclados con plantas de todos los tamaños.

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No había orden ni concierto, las mesas eran diferentes, las sillas, también. Algunas mostraban los signos del paso del tiempo, con pintura que había saltado y óxido que empezaba a hacer acto de presencia. Flores individuales colgaban del techo creando una atmósfera de cuento de hadas. Era tan bonito… Una belleza absolutamente orgánica, natural, nada forzada; todo en ese espacio fluía con gracia y en equilibrio.

La cantina/cafetería, fiel impulsora del concepto “de la granja a la mesa” ofrecía desayunos, almuerzos y dulces hechos a partir de las verduras, flores y frutas cosechadas en sus huertos (siguiendo unas prácticas agrícolas biodinámicas) y de la panadería artesanal que tienen en la que diariamente elaboran pan ecológico en horno de leña y pasteles, también ecológicos y artesanales.

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De la granja a la mesa

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Al lado de la cafetería encontramos una pequeña tienda donde ofrecían dulces y pan de su panadería, vegetales de sus huertos, conservas, y una pequeña selección de libros y objetos artesanales cuidadosamente elegidos.

Pasamos la mañana entera ahí, hasta que el sol empezó a ponerse, a las 3 de la tarde. Yo podría haberme quedado una vida entera. El espacio invitaba a pasear, a observar, a sentarse, a disfrutar de todos esos pequeños placeres que a la vez son tan grandes.

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De vuelta al apartamento en el autobús, una extraña sensación como de plenitud y serenidad nos recorría el cuerpo. Rosendals tradgard, qué bonita oda a la naturaleza, a la artesanía, al buen hacer y a la belleza.

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El relato y fotografias de este post pertenecen a Anna Codorníu

 

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